Notas: Un Mundo Extraño

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Con el asesinato de la presidenta de la
Diputación de León, Isabel Carrasco,
se ha hecho trágicamente cierta la
paradigmática aseveración del
canciller de la República Federal
Alemana y padre de la Europa moderna,
Konrad Adenauer, de que “hay enemigos,
enemigos mortales y compañeros de partido”.
Lejos de las artificiosidades desplegadas al
conocerse su acribillamiento, todo apunta a un
delito común que tiene como damnificada
moral a una dirigente del PP a manos de dos
correligionarias -madre e hija- que la culpaban
de no haber mantenida cobijada en la
Diputación a la segunda de ellas. Al no ganar la
oposición convocada al efecto, la aludida
perdió la plaza de interina que,
probablemente, concibió suya gracias al carné
del partido gobernante, como es uso y abuso
en esta España neocaciquil.
Pero ésa es una historia demasiado vulgar en
un mundo guiado por el maniqueísmo y el
apriorismo ideológico, sobre cuyos raíles se
puso en marcha la tarde del lunes el expreso
de la mayor de las demagogias y que atropelló
lo que encontró a su paso. Velozmente, se
compuso la lagrimeante historia buenista de la
pobre despedida por una sátrapa y autoritaria
gobernanta sin entrañas a la que, cargando las
tintas, se le colgaron pasadas denuncias como
si fueran hechos probados por iguales
tribunales a los que deslegitimaron la demanda
laboral de esta ingeniera aspirante a
funcionaria. A la presunta coautora del crimen
se la mostró cual ángel justiciero que, con una
espada flamígera en forma de pistola, hubiera
vengado a los mártires de la crisis al coser a
balazos a una de las perpetradoras del desastre
personificada en Isabel Carrasco y, por ende,
en el PP. Empero, todo advierte que lo que ella
habría buscado fue ponerse a resguardo de las
inclemencias económicas valiéndose de una
protección al alcance de su militancia y que,
en última instancia, le retiraron los jueces. En
su impotencia, descargó su furia contra una
presidenta de la Diputación a la que la noche
más oscura le estalló en medio del resplandor
de la tarde.
El desprestigio de la política, cuyos máximos
propagadores han sido su cuadro de actores,
bien por sus conductas delictivas, bien con su
tolerancia con las mismas por un mal
entendido sentido de la lealtad partidista y
del compañerismo, lo que ha propiciado la
extensión de la peste, ha cooperado a que
cualquier patraña y desvarío se dispare en
unas inflamadas redes sociales en las que, en
lugar de contribuir a la mejora del diálogo
democrático, todo lo abyecto tiene asiento. No
se trata de satanizar nada ni a nadie, pues
también el cuchillo sirve para cortar el pan y
para cometer un delito, pero sí de avizorar
como el anonimato y la impunidad causan
unos estragos que no deben echarse en saco
roto. Para colmo, su riada alcanza a unos
medios de comunicación incapaces de fijar
adecuados diques de contención ni tampoco
sistemas de depuración de esas aguas
contaminadas y contaminantes; al contrario,
sucumben al encantamiento de la serpiente y
se dejan jirones de credibilidad y rigor .
Rendidos a lo último y a lo sorprendente, sin
esperar a verificarlo, la mala moneda desplaza
inmisericorde a la buena con poco que aquella
reluzca verosímil y reafirme prejuicios y
estereotipos.
A este problema de enorme calado y enjundia
para una buena salud democrática, se añade la
banalización de la violencia y la degradación de
la discusión y el debate en el ágora pública
haciendo que, en menos que canta un gallo, se
zanje cualquier asunto con exabruptos y
etiquetando al otro directamente de “fascista”,
al tiempo que se tienden “cordones sanitarios”
en los que recluir a los discrepantes, a modo
de apestados de lazareto. Curiosamente, hay
quienes avivan despreocupadamente el fuego,
mientras esbozan cínicamente un “sí, pero”.
Cavilando que la intimidación es admisible
siempre que el afectado sea el “otro”, no
reparan en que, al destapar la caja de los
truenos, todos terminan enfrascados y
atrapados en el fuego que prendieron alegres y
descuidados como unos excursionistas. Así,
quienes disculpaban a los que se plantaban
ante las sedes del PP o los domicilios de sus
cargos, si es que no los convocaban, en cuanto
ven que las protestas se encaminan contra
ellos, reaccionan coléricos como el
coordinador de IU, Cayo Lara, tachando de
“desclasados” a los obreros de la antigua
factoría gaditana de Delphi con los que la
Junta ha incumplido su promesa de proveerles
un empleo tras el cerrojazo fabril.
Para cerrar las puertas a la violencia física, hay
que cerrárselas a la violencia verbal e
ideológica en este mundo agitado en fiebre y
que parece un polvorín sobre ascuas. Pero, si
vital es no incendiar el ánimo de la gente, no
lo es menos renegar de la política en su
sentido más prístino porque, como escribió
Octavio Paz, sería peor que escupir contra el
cielo: supondría hacerlo contra nosotros
mismos. Por eso, por despreciar a los políticos
no se puede despreciar la inteligencia
pervirtiendo la naturaleza de un homicidio por
venganza laboral operado por quienes se
creyeron tal vez con derecho a algo que no le
pertenecía en justicia o, al menos, así lo
sentenciaron quienes la imparten con puñetas
en la bocamanga.

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